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14. ¿Dónde estás?

14. ¿Dónde estás?

Hoy, además de dejarte mis pensamientos, te dejo mi voz.

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¿Dónde estás? Sí, tú. Hoy me he levantado contigo en la mente y quiero hablarte. Y me pregunto dónde estás. Tú, que me lees. Me pregunto quién eres en este camino, en el que me acompañas y te acompaño. ¿Dónde estás? Quiero saber si conectas o si me lees desde lejos. Si tú ya te conoces o si aún no has encontrado la fuerza y el espacio para empezar a conocerte y reconectar contigo misma.

Desde que empecé el blog y decidí compartir mi viaje, pienso en ti. Cada vez que escribo, y releo lo que escribo, y cuando pienso en la imagen que acompañará el texto y el mensaje que te quiero hacer llegar. Empecé el blog como un proyecto personal que me ayudaría a sanar, crecer, y convertirme en la versión de mí misma que quiero ser. Y tengo la esperanza, incluso diría que la intención, de que al leerme, algo despierte en ti, si no lo ha hecho ya, y te haga sentir que tú también puedes sanar, crecer, y convertirte en la versión de ti misma que quieres ser.

Tengo una amiga, Cristina, que me lee puntualmente cada vez que sale un nuevo post, y luego comparte conmigo lo que le hago sentir a través de mensajes de voz de WhatsApp. Me transmite lo que transmito, como un espejo que es capaz de devolverme el amor que pongo en cada texto. Cristina es una persona con sensibilidad, apasionada de la vida y la justicia, una mujer valiente, que al leerme me hace conectar con ella, de una forma transparente y verdadera. A veces cuando la escucho, Cristina me hace pensar en ti, que también me lees pero no te conozco. ¿Dónde estás? ¿Quién eres? ¿Qué sabes de ti? ¿Qué quieres saber?

Hoy me he despertado con ansias de hablar contigo, de conectar contigo. Imagino un encuentro en el que nos vamos acercando, reconociéndonos, sonriendo de alegría y abrazándonos. Me imagino un abrazo de esos que nos hace mover como un péndulo que nos pone en sintonía. Un abrazo sin prisa. Te imagino de cualquier edad, quizá atraída por la estética de la página web y tratando de apaciguar cierta curiosidad, con la misma sed de conocimiento que yo tengo, aunque quizá no seas consciente.

Te imagino en un mundo que no para de correr, ese torbellino. Un mundo que no te deja tiempo para ocuparte de ti misma. Creo que como seres humanos, llevamos muchos años viviendo en lo que yo llamo, pobreza de tiempo. No tenemos tiempo. Y pobreza aquí no significa carencia, el tiempo es el que es, siempre. Pobreza aquí es el resultado de una mala distribución, de una falta de libertad. Somos pobres de tiempo porque nos han enseñado a sentirnos culpables si nos paramos, porque pararse es malo. Que, o estás activa, o estás aburrida. Que, o haces las cosas rápido, o pierdes el tiempo y no eres eficiente. La pobreza de tiempo tiene que ver con poner el foco en la cantidad, y no en la calidad. Con dejarse llevar por el ruido que viene de fuera y no escucharse.

Mi mundo también es pobre de tiempo. Pero, poco a poco, me estoy alejando, y estoy aprendiendo a recuperar mi riqueza, a dar prioridad a la calidad, a parar, y a sentirme rica porque me siento capaz de parar sin sentirme culpable. Estoy adentrándome en un nuevo mundo. Escribir aquí me ha ayudado a articular sentimientos y emociones. Y tomarme el tiempo para hacerlo me ayuda a materializar la entrada en ese nuevo mundo de riqueza temporal, dónde hago lo que hago con intención y cariño, disfrutándolo y sintiendo que es lo correcto. ¿Y tú, dónde estás? ¿Es ese tu mundo? Yo te imagino ahí, en ese mundo imparable y atropellado, pero quizás no estás en él.

Quizá tú también tienes o has tenido problemas con tus reglas, con tus hormonas. Quizás conozcas el desequilibrio igual que yo. Quizás te sientes atrapada en un cuerpo que no te corresponde. Quizás no te atreves a hablar de lo que te pasa y llevas esa carga tu sola. Si fuera así, créeme cuando te digo que estoy a tu lado, aunque no te conozca, aunque no sepa quién eres ni en qué mundo vives, aunque mi imaginación no alcance tu realidad. Pienso mucho en ti, y sé que lo estás haciendo lo mejor que puedes.

No me quiero alargar mucho más. Quiero darte las gracias por acompañarme, sin importar cuan cerca o lejos te sientas de mí. Te tengo muy presente, y haces que este proyecto tenga sentido más allá del desahogo que me produce y de ser una manera de vehicular la transformación que estoy viviendo, de articular mi reconexión. Quiero invitarte a que te preguntes dónde estás, y deseo que, en la búsqueda de una respuesta, encuentres el lugar dónde quieres estar, que seas capaz de dar el siguiente paso que te acerque a ese lugar.


PD. La foto de este post está tomada en un lugar especial, Naomi’s corner. Es un sitio que descubrí hace unos meses y que me encantó, y pensé que allí podría hacer la foto para uno de mis posts. Cuando terminé de escribir este texto, pensé que este podría ser el post perfecto para esa foto. Te lo cuento, porque antes de salir de casa, busqué en internet la historia del lugar. Encontré una extraña conexión que quiero compartir contigo. El sitio rinde tributo a Naomi Colcomb, una mujer de 28 años que murió en un accidente de coche en 2018. El coche la atropelló y se dio a la fuga, y aún no se sabe quién lo hizo. Leer su historia me recordó la mía (Haciendo la maleta). Me hizo sentir que la conexión con ese lugar antes de saber la historia tenía que ver con ella. Pienso en su miedo, en sus heridas. También pienso en su familia y en el conductor, que aunque no haya sido capaz de pararse y socorrerla, por la razón que sea, estoy segura que también la lleva consigo, igual que creo que los cuatro chicos de aquel coche me llevan a mí con ellos. He creído que merecía la pena compartir la historia detrás de la foto de hoy, la historia de Naomi, y dedicarle este post a ella y a todas las víctimas de atropellos que no han sobrevivido para contarlo.

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