La operación
13. Parece una sonrisa

13. Parece una sonrisa


Envuelta ya en la toalla, llamé a Juanpe para que me ayudara a salir del interior de la bañera. – Me destapé la herida. – Le dije. – ¿Ah sí? ¿Y cómo te sientes? – Me dijo él – ¿estás bien? – Yo sentía un poco de emoción y tardé en contestarle con un sí. – ¿A ver? ¿Quieres que la mire yo primero? – Me preguntó. Le dije que sí y que fuéramos al cuarto dónde había más luz.

Cuando Juanpe vio la cicatriz, me dijo que estaba súper bien. Él tenía bastante más experiencia que yo en cicatrices, heridas, roturas y puntos de sutura, y ver que él creía que estaba bien me tranquilizaba. Me miré frente al espejo y ahí estaba al fin, la huella definitiva que me recordaría para siempre que me tengo que cuidar. Juanpe me volvió a preguntar si estaba bien, seguramente mi cara expresaba muchas cosas. Suspiré. – Es enorme. – Le dije. – Parece una sonrisa. – Y sonreí. – Estoy bien, pero necesito volver a sentarme. –

Pienso en lo que significa tener una cicatriz. Una cicatriz es una huella. La huella física de un acto ejercido sobre el cuerpo, un acto de cambio, que transforma y crea una división entre el antes y el después. La cicatriz es la evolución de una herida que se cierra, en este caso una herida consciente, una herida voluntaria. Quiero pensar que mi cicatriz será también la evolución de otra herida más profunda e intangible, de una herida emocional que llevaba mucho tiempo abierta sin yo darme cuenta y que creo, una vez más, que empezó con el rechazo.

Mientras más escribo en el blog y atravieso diferentes etapas de este proceso de reconexión, más cuenta me doy de la gravedad de lo que significa el rechazo, de lo que produce, y de lo poco que sabemos al respecto de cómo transformarlo. Siento que está en el origen de muchas cosas que nos dañan como individuos y como sociedad, que nos polarizan y no nos dejan dialogar. Detrás del rechazo está el miedo. Y entre el miedo y el rechazo uno se siente rodeado de incomprensión y violencia.

Verme la cicatriz representaba la esperanza de cerrar esa herida emocional, de alejarme del miedo y acercarme a la comprensión de mí misma y al amor propio. Verme la cicatriz también me llevaba a imaginar la operación. Era tan extraño pensar que me habían abierto, que mis órganos habían estado expuestos, al aire, a la vista, como los de un animal en la carnicería. Es extraño no tener ninguna otra referencia visual que me venga a la mente.

Al quitarme el esparadrapo pude ver que también tenía un hematoma a cada lado de la cicatriz, por arriba y por abajo. Me imaginaba el instrumental quirúrgico que separaban mi piel y mantenían la apertura de la herida abierta para que los médicos pudieran manipular los tejidos con soltura. Era tan extraño. Era incluso extraño pensar que me habían quitado el fibroma, incluso que tuve un fibroma. Tenía la impresión de que todo aquello era un poco surrealista, como de no estar segura de que estuviera pasando, como de estar observándome desde un mundo paralelo.

La cicatriz era fina, un delicado trabajo de costura entre cadera y cadera. Sentía que la cirujana había puesto mucho amor en aquel trabajo. Qué suerte he tenido… de encontrarme con ella. Siento una extraña conexión con la cirujana, es como que me identifico con su manera de trabajar, con su empatía y su profesionalidad en cuanto al rigor y las ganas de hacer las cosas bien. Y ver el resultado de su trabajo me hacía sentir un profundo agradecimiento. Las enfermeras me habían dicho que no tendría que acudir de nuevo al hospital a sacarme ningún punto, que el hilo de la sutura sería absorbido por los tejidos y terminaría desapareciendo con el tiempo.

Tenía la piel muy irritada del esparadrapo y, dónde estaban los puntos, la curva de la barriga se hundía con el efecto de la arruga del tapizado del respaldo de un sofá. Mi vientre estaba hinchado e inflamado. Pero todo parecía ir bien, a buen ritmo, mejorando notablemente entre la mañana y la noche, entre la noche y la mañana.

Después de vestirme me saqué una foto que compartí con mi familia y algunas amigas. Todos coincidían con Juanpe en que la cicatriz tenía muy buena pinta. Me llamaba la atención que trataran de tranquilizarme diciéndome que seguro que con el tiempo no se me notaría y parecería un pliegue natural de la barriga. También me decían que qué bueno que quedaba a la altura de la ropa interior y no se me vería en la playa. De alguna manera, yo no quería que se me dejara de notar. No quería taparla o que pasara desapercibida. Me siento como una niña pequeña que tiene una marca de batalla y está orgullosa de mostrarla y contar la historia porque significa que ha sido valiente.

Me gusta mi sonrisa. Fina, entre cadera y cadera. Quiero verla cada día y recordar que estoy teniendo una oportunidad de recuperar un equilibrio que un día perdí, o que nunca tuve, que he sido valiente, como esa niña, y que estoy curándome física y emocionalmente.

Estuve muy acompañada durante toda la recuperación, recibiendo llamadas y mensajes, e incluso algunas visitas de amigas y amigos del trabajo. Nos encontrábamos en el parque de abajo, y las primeras semanas bajar las escaleras y caminar era un proceso muy lento. Los días pasaban deprisa. Seguramente por mi falta de velocidad a la hora de hacer las cosas. Pasé mucho tiempo leyendo y haciendo ganchillo en el sofá. Luego, poco a poco, al sentirme más fuerte para estar de pie, empecé a hacer más cosas. Sobre todo, tenía muchas ganas de cocinar. Me encanta cocinar. Me encanta comer y durante todas esas semanas mi apetito estuvo muy despierto. Volver a cocinar fue un momento importante de alegría.

A pesar de estar muy positiva en general, hay ratos en los que también me acechan las dudas sobre el futuro de mi cuerpo, por dentro y por fuera. Me pregunto si voy a poder alcanzar un nuevo equilibrio hormonal, si voy a tener la voluntad de cuidarme, si se me va a deshinchar la barriga y voy a volver a tener un vientre más o menos plano.

Sé que hay algunas respuestas que dependen de mí y otras que no. Cuidarme, quiero pensar que depende de mí. Encontrar un equilibrio, creo que puedo contribuir, pero no creo que todo esté en mi mano. Que el vientre se desinflame, igual. Y sentirme cómoda volviendo o no a tener un vientre plano, quiero pensar que se trata de una cuestión de percepción de mí misma y de aceptar mi nueva realidad física. Y esto sí que creo que esté en mi mano. Me cuesta hablar de esta percepción estética de mí misma, porque creo que es banal y me hace sentir avergonzada. Pero entiendo que forma parte del proceso, y espero que hablar de ello me ayude a reconectar también desde ese punto de vista, rompiendo prejuicios y barreras sobre mi propia estética y la imagen que tengo de mi cuerpo.

Este tiempo de pausa ha sido un momento importante de reflexión, un nuevo punto de inflexión en este viaje, para poner orden y prioridad a mis valores y obligaciones, para darme cuenta de que estoy cambiando porque estoy decidiendo cambiar. Para darme cuenta de que si quiero cambiar, podré hacerlo.

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